sábado, 27 de enero de 2018

Los ascensos en solitario

Hace unos días atrás le pedí a una amiga que me acompañara a subir el cerro San Cristóbal, pero ella no pudo acompañarme porque tenía que trabajar. Tenía muchas ganas de salir, de  recorrer, caminar hasta cansarme y admirar el paisaje al que he llegado, independiente de la ruta. Ella lo sabía y me animo a subir el cerro sola, le pregunté si es que ella lo había hecho alguna vez y me dijo que si, que lo había hecho en bicicleta y que era seguro, así que me animé, tomé una botella de agua, me puse mis zapatillas más cómodas, me puse bloqueador, tomé la 516 hasta Baquedano, atravesé los vendedores de diversión extranjeros y atrayentes, el ruido de la bohemia y llegue a las faldas del cerro, con mucha confianza como si subiera todos los días. Me quedaba poca agua, miré bien el lugar, supuse que había una fuente de agua en algún lado y claro, había una llave que decía "punto de hidratación" al lado de la entrada del funicular. Abrí mi botella, e intente hacer entrar el agua de un chorrito que era para beber directo, entonces una pareja de sujetos masculinos sentados en las gradas bebiendo alcohol me indicó cual era la llave adecuada para llenar la botella, claro, presioné el botón y salió el agua desde arriba con un chorrito delgado y amigable con mi botella. Bien, con mi botella llena de agua y sin miedo comencé a subir, había mucha gente, me sentí segura: bicicletas, deportistas, familias, turistas, parejas y solitarios como proyectando distintas formas, algunos melancolía, otros alegría, otros fortaleza física, en fin. Subí por el camino de tierra, de pronto me encontraba con gente pero yo tenía mi norte clarísimo, la cima, así que caminé derecho a mi ritmo, sudando y sin parar. Llegué arriba cuando faltaban aproximadamente 4 dedos para que cayese el sol y me puse a observar el macizo cordón montañoso del San Ramón, que se veía imponente con ese brillo del atardecer. 
Llegue arriba y al entrar al sector de la virgen me percaté que había solo gente blanca y rubia y algunos chinos, me dió un poco de rabia sentirme invadida por turistas, en un espacio tan íntimo, pero después me relajé y no me importó, y más que rabia, me dio dolor de no ver a ningún habitante de la ciudad relajándose con dicho espectáculo y pensaba en la enajenación que produce el circuito de Santiago. El atardecer estaba maravilloso, el aire estaba un poco más liviano arriba y me sentí tranquila, me sentí en paz conmigo, había subido y no había sido atacada, ni me faltó nada, así que no había nada que temer. Entonces, cerre mis ojos y esperé a que la luz bajase un poco, mientras sentía ese brillo naranjo sobre mi piel y la ciudad rugía allá abajo, con sirenas, motores, ladridos de perros, gritos de personas, de niños, teniendo como sonido de fondo una vibración constante, como un zumbido imparable. Pense en sus rincones más lóbregos, las poblaciones, las oscuridades, la densidad de personas y me sentí feliz de haber escapado de esas sombras con hollín y poder mirar con eses seres que habían viajado de tan lejos para sentir lo mismo que yo sentía en ese momento, entonces bajando el sol todos guardaron silencio. El sol comenzó a hincharse y definirse, se podía mirar la bola ardiendo en el horizonte mientras se agrandaba debido a un efecto visual que no comprendo, ni sé como se llama, refracción de la luz, tal vez. La gente que estaba arriba me miraba, se notaba que yo era la unica chilena allí, y me puse a pensar en que pensarían ellos de mi, me tendrían miedo? estarían asombrados de verme sola o tal vez y es lo más probable, les era indiferente. Entonces me imaginé, como un ser sin género, saliendo de un mar turbulento para llegar una isla observar el paisaje, para luego volver a ingresar a las profundidades del mundo subterraneo. Vibrando fuertemente con la energía de ese lugar. Me sentí muy extraña, bajé casi corriendo, mientras anochecía, apretando mi botella y relajándome, diciéndome, convenciéndome que ya nada malo podría pasar. Llegué a Baquedano, todavía un poco extasiada de todo lo vivido. Tomé una micro, llegue a mi casa y me puse a tejer, me comí un pan tostado con mantequilla y mermelada, prendí mi computador para ver si había alguien con quien conversar en línea.

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