No se que ocurrio en ese momento, mi corazon se revolvia dentro de mi pecho siguiendo el ir y venir de mis pensamientos, sentimientos ... Cuando de pronto siento afuera el rebotar en el techo de las primeras lluvias.
Tomé el último sorbo y el una capa delgadisima de cafe bailo sobre la loza blanca de la taza... Pensé en quedarme en casa, pero mi espiritu me pedia algo mas. Ví mi abrigo colgado en el perchero del clóset viejo, brillando, esperando ser puesto.
Abri la puerta de la calle y un atardecer melancolico me cayo en la cara y además, llovía. Mi abrigo era rojo, con botones negros. Mi abuela dormía en el piso de abajo y yo no podía creer que estuviera lloviendo en Santiago por fin. Mi primera lluvia. Me sentí nostálgica.
Salí con mi paraguas transparente a la calle y comencé a sentir el agua caer por primera vez, esta vez, sobre la sequedad del cemento, cerré la puerta tras de mí, meti mis llaves al bolsillo y me fui a caminar por la calle Cerrillos, por el costado del parque que hay al lado de General Velázquez. Caminé y me puse a llorar... De emoción, de pena, de nostalgia y de alegría también. Caminé sin parar, deseosa de esa lluvia, sabiendo que esa imagen de mi haciendo aquello, quedaría guardada en mi memoria, con todos sus tonos, sus olores y sonidos. En esa época, yo amaba esta ciudad, la amaba y quería conocerla por completo. Me di una larga vuelta manzana y me tomé un café en un negocio pequeño frente a una comisaría que hay cercana a la casa de mi abuela, admiraba el olor del cemento mojado como el mejor perfume, las plantas de los vecinos comenzaron a brillar con la humedad, las gotas de deslizaban veloces y las veía caer a través de la luz naranja de los postes de luz. Saboree lentamente el mocaccino de máquina y me senté en la plaza del frente de la casa de mi abuela, sin pensar que esos pasos que estaba dando serían el punto de partida de unos largos años en esta ciudad opaca, seca, llena de ollín y desigualdades.
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